X, el anhelo infinito  

Por Christian Krauze

 Devolverle los derechos al lector, es la consigna de la nueva hermenéutica de la Escuela de Constanza liderada por H.R. Jauss 1. Nada más sincero que la experiencia del receptor, ese espacio donde el artefacto estético se transforma en obra al tiempo que la torna infinita por su misma  pluralidad de sentidos2. Un lector limitado históricamente por su propio horizonte,”…a la vez un límite y una estación”3, confluencia ya difusa de la totalidad de experiencias literarias y de experiencias vividas, lugar donde las palabras hacen sentir todo su peso histórico, ese residuo de tiempo que sólo es su propia ausencia queriendo asirse con el presente, dice en el segundo canto: “Hay algo ancestral en mi encuentro con Ella”. Instante confuso donde la lectura y la escritura dejan de oponerse dentro de un cerco de silencio: “Escribir es romper el vínculo que une la palabra a mí mismo, romper la relación que me hace hablar hacia “ti”, porque me da la palabra con el sentido que esta palabra recibe de ti porque te interpreta; es la interpretación que comienza en mí porque termina en ti.”4; sólo la huella de un momento, del “Acontecimiento”, del “Milagro”, de sus pasos”(X, p. 27).

Experiencia abismal, contemplación de densidad mercurial sobre una escritura que hace de su ubicación genérica una presencia inestable, una sospecha que se diluye tras sus propios pasos mientras rodea el mito de la literatura, que hace de su existencia una ausencia: poesía, ensayo, teogonía, arte poética, filosofía de la literatura: “… pertenencia a un espacio en el que no se puede permanecer, que por eso es espacio nocturno, donde nadie es acogido, donde nadie permanece.”5. Escritura de la escritura, asombro de los propios pasos, escritura sobre sí misma, espejo frente al vacío: “la imagen que se escurrirá de sus palabras”, la imagen que se escurre de mis palabras, que ya no son mías sino del Otro.

 

Progresión temática e interpretación

 

“x”, el signo formal por excelencia, el lugar hacia donde toda ecuación confluye. El grafema de mayor densidad histórica: el lugar misterioso, el sitio del tesoro, el único y más representativo grafema del hombre analfabeto (Donde vuelca toda su identidad, su firma, su palabra de honor), el grafema que se hace palabra o se disuelve en la nada, el signo de la ausencia, de la ecuación ausente, y por lo tanto, la presencia de esa ausencia. Además, el grafema que en castellano epresenta dos fonemas k y s; k es el golpe del instante: “Ese punto… es lo que la obra realiza…allí donde no tiene que “admitir más luminosa evidencia que la de existir”6 y que luego se disuelve en la s que forma la huella de su paso, lentamente. Signo que aparece con el peso de toda una proposición en la que se equipara al término “el instante”. X es el instante, lo inalcanzable.

El título da paso a la primera de las dos partes de la obra, dividida a su vez en diez cantos. La primera imagen es el Origen, el instante por antonomasia. Luego, el poema arroja todo el silencio y la soledad que su desnuda condición sostiene, “la experiencia vivida puede transmitirse a través de la experiencia estética”7, se afirma, suerte de invocación “…un grito sordo de angustia”(p.7), refleja esa intimidad del autor con la obra.

Recorre otras escrituras: himnos védicos, Hesíodo, los textos bíblicos, el Corán, en una inscripción en el mismo origen.

En el canto VII tiene que reconocer que el Origen se ha”…perdido para siempre!” Es el ecomienzo, la infancia pura, el primer signo, el reflejo de sí mismo.

El texto avanza en un eterno deseo de lo mismo: “ Ella, a quien ama…”(p.23). Aparece ahora, desde lo más anterior de la palabra, la Noche, signo de la poesía mística, insondable y aterradora región en la que el amor es la única salida. La Amada se sumerge en la noche tendiendo un puente de nostalgia y “Él” la perderá para siempre “…definitivamente, si no es capaz de arrojarse a la locura…”

Aquí se hace patente la Tradición mística como la única capaz de expresar esta singular experiencia, tal vez la más profundamente amorosa. El amado debe llegar al éxtasis a través de la entrega total

a la amada: “Debería perder el mundo”(p.25)

Mas su suerte está echada: “Ha huido de las palabras. Si pudiera reencontrarlas…” y “…por qué ese afán de perderme…” piensa Ella.

Como en el mito de Orfeo, la tragicidad separa a los amados llevándolos nuevamente al “…tiempo de la Espera” . “¿Por qué te fuiste Amado y me dejaste con gemido…y no llevas el robo que robaste?” 8, llora el alma abandonada. Aunque aquí, el objeto amado es“Ella, La Noche”, lo que en la mística española era el medio: “¡Oh, noche que juntaste Amado con Amada…” se vuelve aquí el

fin. Pero además Ella “… duerme en los brazos del Día./Acaso porque el Día sea la morada de su sueño” su condición dialéctica, o porque esté “… reservada a..quien espera.”, a su potencial acontecimiento, o porque en el interior de la Espera “…algo…” se le revele como una intuición y un anhelo.

Intuición y anhelo, palabras que recorren los momentos más misteriosos de la literatura y de las acciones humanas.

En el mito de Orfeo y Eurídice, sin duda el más representativo, el héroe músico y poeta rompe la única condición que le fuera exigida para salir del Hades: no voltearse a mirar a Eurídice hasta que

esté al seguro de la luz del sol, pero olvida esta condición y al querer abrazarla se le desvanece, siendo imposible un nuevo permiso para regresar al Infierno.

Werther anhela algo distinto de lo que encuentra en la realidad aceptada de las personas de sociedad” que le toca frecuentar mientras trabaja en el consulado, intuye encontrarlo en “Ella”, a pesar de que le advierten ya antes de conocerla que no vaya a enamorarse porque estaba comprometida, advertencia que olvida fácilmente. La esperanza con su amada se desvanece ante la convención de la sociedad, ella muestra su amor pero “algo” los separa. Luego, el personaje recurrirá a La Muerte.

“Ella lo espera./Y, luego, se desvanece./(tal vez)/para que nada la atrape”(“x”, p. 31).

También don Félix de Montemar, El Estudiante de Salamanca es esperado por Ella, la imagen de doña Inés que se desvanece y aleja cuando Él quiere tocarla, porque “algo”, una intuición y un anhelo infinito, hacen que persiga hasta la muerte a esa dama extraña que ronda en medio de la noche.

En la parte final de la obra viene la coda, o sea, el retorno de lo mismo.

En primer lugar: la noche ajena a lo Otro, a uno mismo.

Acto seguido, el acontecimiento que llega ocupándolo todo -“Mientras hable, no podrás verme”-, tornándose inabarcable.

Luego de ese haz imposible de situar vuelve la noche, la Espera, noche del tiempo: “… ajena al Astro que cae”, el sol; Eurídice se desvanece porque no llegó hasta el sol. Hay aquí un símbolo de la poesía barroca, que se confirma más adelante con la antítesis: “¡Noche sin noche!”, recurso típico al que recurrían los místicos para expresar experiencias imposibles de comunicar mediante las posibilidades convencionales del lenguaje.

El poema siguiente encara ese intento de ubicación hasta ahora ausente. Pero: ¿Cuál es el centro para trazar las coordenadas? Ninguno, o más bien, una metáfora, la de Haráclito: el fuego. Nuestra

manifestación de ser, nuestra existencia, sólo puede ubicarse indefinidamente en “… la transmutación/ de un matiz en la memoria del mundo”

Mas no obstante, tiene, o más bien, tuvo y tendrá un hic(aquí) y un nunc (ahora), que fue del poeta, que ahora es de nosotros los lectores, o más bien, que fue y será del Otro, puesto que para nosotros

es: “ Un tiempo de ojos ciegos” No podría ser de otra manera, es el fatídico “Destino”, lo inevitable,

a donde arribaremos nuevamente, a las “Islas Afortunadas”(p.21),

luego de la noche del porvenir, velo de silencio: “Quién hace tanta bulla, y ni deja/testar las islas que van quedando”9, comienza así Trilce, lanzándose a La Noche. De nuevo el destino de Orfeo.

 

 

Lengua y estilo

 

La primera nota es sin duda el ocultamiento de la subjetividad. /Él/ /Ella//Nosotros/, todas fórmulas impersonales que provocan un efecto indeterminado, una multiplicidad de puntos posibles. Pero además tenemos otras lecturas al respecto, por ejemplo en Nietzsche: “Ya el artista ha abdicado desde su subjetividad bajo la influencia dionisíaca…el yo del lírico resuena, pues, desde el más profundo abismo del ser: su “subjetividad”, en el sentido de los de los estéticos modernos, es una ilusión” 10. Encontramos aquí otro enfoque sobre la persona gramatical distinto del de la lingüística, también patente en Blanchot:“El ‘Él’ que (SIC) sustituye al ‘Yo’, ésa es la soledad que alcanza el escritor por medio de la obra…no designa el desinterés objetivo…no glorifica la conciencia en otro que no sea yo…es yo convertido en nadie, otro convertido en el otro…”.11 Nada

tiene que con el procedimiento que destaca Baudelaire en su ensayo sobre Mme. Bovary12.

El más tradicional de los puntos de vista, el verbo ser en tercera persona del singular, típicamente usado como convención literaria(“‘Él’ manifiesta formalmente el mito”13), aparece aquí como la condición única de la obra: “Lo único que se dice es eso: que es. Y nada más. Fuera de eso no es nada”. Palabra que se repite precediendo una enumeración predicativa: “Es Dionisos…”, “Es Afrodita…”, “…es Orfeo”, es todos, simplemente es todos, sólo es.

Como ya mencionamos, la lengua se enriquece mediante la inscripción en diversas tradiciones sagradas. El final se torna más expresivo al concentrarse las figuras: imágenes, personificaciones,

alegorías, símbolos místicos, antítesis.

En la obra se percibe una sucesión de imágenes y una indeterminación espacio-temporal que recuerda a “La Tentación de San Antonio” de Flaubert, pero llevada al extremo. Después de todo ¿Qué es la obra? Es la determinación de lo indeterminado. Esta indeterminación que aparece en el poema no es por descuido, es el escenario del Origen, el fondo necesario de donde parte el contecimiento, el Milagro, es La Noche.

 

Christian Krauze

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